Cuadernos I

Joven, nietos reales y adoptivos, dejé creer a los amigos que en cualquier momento me presentaría con una novela. Luego fui puerta por puerta deshaciendo el enredo. Era tarde y creyeron que la autocrítica me devoraba y al basurero o cajones bajo llave iban espléndidas o prometedoras cuartillas. Ni asomos de eso existía. La confusión fue originada por hojas sueltas garabateadas a miles desde mi infancia. 

Esto y aquello terminó llevándome a editoriales y aparecieron libros más bien sin pies ni cabeza. Había buenas cosas allí y en las roscas de reyes del pan de cada día donde colaba la vocación de cronista -así que los patrones se encontraban súbitamente mordiendo al santo niño y cargaban a paraguazos contra mí persona. 
Al reunirla, esa pedacería tenía cierta correspondencia y en casa iba creciendo lo que según Juan no pretendía narrar sino entender. Lo hacía gracias al prodigioso don de las palabras. Persiguiéndose unas a otras sin un continente yo capaz de apresarlas, revelaban el mundo a mi alrededor. 

Hoy éstas y aquéllas gritan por un lugar a propósito, no importa si las atestiguan o tiran a locas. Lo que vale es el paseo por nuestra Calzada de los Misterios.

Quince años después este es el resultado, que se divide en varias partes.
Hay de todo, como si fuera botica, usando varios tonos. 
Cuando trato temas personales la intención no es autobiografiarme: busco entre mi vida.


DESDE LA AZOTEA
"-¿Cuánto dices que dura el mañana?
"-La eternidad y un día."
Theo Angelopulus

El que en batita y apenas supo andar subió a la azotea de la cual no saldría nunca, haciéndose viejo revisa el espectáculo alrededor. Nada puede ser más asombroso que ese primer día en cuya dirección marcha y aun así se confunde. 
Al fondo una caravana viaja en 1325 y cerca del pretil hace alto a principios de 1972 en el Santo Lugar, sin que los habitantes de una y otro perciban la mutua presencia. 
En la espalda quien mira recibe una animosa palmada del abuelo, muerto sesenta años atrás. 
-Vamos, que los bisnietos y tataranietos esperan para comer. 
Dando la vuelta el cielo se cae a pedazos en 1524, estalla una y otra vez y pareciera encontrar remanso en un río de carbón y las bocas a lo largo entre las montañas.
Qué cosas digo: menos que nunca hubo quietud allí. 
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Si acudo siempre al consejo de los sueños jamás lo hago con el de poetas, digo y miento, un poco, siquiera, pues hoy cito a uno:
"Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu.
Vivir no es otra cosa que arder en preguntas.
No concibo la obra al margen de la vida."(1)
¿Valen para mí esas palabras? No tengo una obra sino miles de viñetas escritas desde niño. Agrupé las más significativas en cuadernos, empezando por este.
Todo lo dirijo al futuro de ustedes, a quienes no veo desde la marcha con mi abuelo, B, al río Níger luego convertido consecutivamente en el Magdalena, que corre entubado por nuestra ciudad, y el Abajo, cuyo curso conduce al "Sur, geografía profunda".   
¿Les cuento algo en realidad y de manera mínimamente comprensible? 


El Idiota
A los sesenta años hago un libro sobre B en el escritorio que da a la única ventana de este departamento, cuyo encuadre copia al viejo cine nacional, con su fácil, blando romanticismo. Allí leo también las frases con que cercaba a mamá apenas pude convertir mis berrinches en palabras:
-¡Mira! ¿Ves cómo a la mitad la calle se desploma? ¿Y aquel hombre cuyos pasos no dejan huella, ya que pisan bajo el suelo? ¿No sientes ese temblor perpetuo, nuestro nadar sobre la tierra?
Levanto la cabeza para encontrar el patio a cielo abierto, largo, generoso, las puertas de la docena y media de viviendas en dos plantas, y la luz en la que ese sol nuestro, padre, hermano, macho bravucón, pordiosero, se echa escapando de la alharaquienta tarde de la calle. Parda, recrea el alivio de las madres y los abuelos y abuelas en el breve descanso que les dejan sus criaturas bullendo por dentro, aspaventosas, o en la desesperada persecución del día que no alcanza, que por ley se agota antes de revelarles los secretos de cada tanda.
¿Qué dirías de verme en este lugar, ma, donde un par de años atrás lloré de alegría apenas se marchó la mudanza? ¿Te entristecería encontrarme en un pequeño, oscuro rincón de la ciudad, del país que no entendiste nunca?
Venías de lejos y guardabas con celo el dolor que ello te producía. No te dabas cuenta de que la mujer de los elotes en la esquina había hecho un trayecto tan largo como el tuyo en tiempo y alma. Lo comprendo. Como ella, creciste convencida que el mundo era las leguas a tu vista, tras las cuales la respiración se suspendería.
No tenías modo de entender el acoso de mis letanías aquellas, que te postraban y así más se encendían.
-¡Ya, por Dios, déjame en paz! –tronabas contra tu proverbial paciencia, encerrándote bajo llave para rogar a no sé quién, en tu sabiduría, que velara por ese pobre hijo. Lo hacías inútilmente, claro: no había salvación para el Idiota.
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Hoy idiota resulta sinónimo de estúpido o imbécil. Antes se refería a los tontos o tontas de los pueblos, que un sabio medieval despreciaba reconociéndoles a cambio el don de servir a la divinidad para expresarse imperfectamente.
Una película terminó por entenderlos, creo, en la figura de un muchacho obsesionado por los trenes, cuya maquina imitaba sobre la senda entre la basura al pie del hogar paterno.
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Aquí y por autismo todo tiende a cifrarse. Presumo ahora, por ejemplo, que ustedes vieron esa película. No la nombro pues es norma del cuaderno, como explicaré más adelante. Ahora estoy invitándolos a buscar al muchacho sobre las vías del tren -pregunten por ella a Él-, que en verdad los hay, vías y tren con una corrida diaria. No alucina el idiota; imita, y al hacerlo tercamente descubre cosas imperceptibles para otros, así el director no las muestre. Se encuentran fuera de cuadro, como lo entrelineado en la literatura o el subconsciente nuestro.


Dos
Nada en mí se comprende sin la siguiente viñeta:
Digo cualquier cosa sabiendo que quien te cuenta son los ojos y las inflexiones en la voz, y al voltear con la sonrisa casi me olvidas, atrapado por lo que tardo largos segundos en sospechar es una luz sobre el filo de la cortina. Lo creo pues te vi antes encandilarte con ella como si fuera la primera vez, y la sé para mí perdida según debiera, a menos de hacer el enorme esfuerzo de otros días. Gracias a él descubrí, por ejemplo, el justo vaivén de una rama en la ventana, sin traducción para mí que estuve dale y dale intentando infructuosamente hacerlo palabras.
No puedo con tu mundo, hermano, me rebasa, me apabulla, me pierde en el desorden aparente donde tú por necesidad encuentras armonía. Desde el baño mamá pide ayuda para bajarte por la rampa, le contesto que puedo solo, advierte cuánto has crecido. ¿Ves? Todo eso está en nuestras voces. ¿Algo intuyes viniendo de lo que no atino si te vale llamar "ayer"? Algo, sí, creo, más lo olvidas en un tris. Qué caso tiene, dirás a tu manera.
Más de medio siglo después, cuando haya entre nosotros diez mil kilómetros, seguiré peleando para contarte. La distancia no nos separa pues moro en ti y entonces es imposible precisar cuánto estoy frente al escritorio y cuánto entre la habitación y la terraza donde mamá te hizo un reino a modo.

Tiempo de caminar
Viejo aprendo a escribir y desespero con las viñetas hechas como Dios les dio a entender:
Abrí los ojos y contra el zumbido telúrico al fondo y el manchón luminoso sobre la cortina, había trinos y azul tierno, una llave peleando a lo lejos, que se convertía en Ella acercándose con rastro de noche y aromas de manzana agria, de piña fermentada, de zapote que se rompe de maduro, para aparecer, desprenderse el rebozo del cual saltaban los pájaros cantando al pie de la ventana y al fin desnuda descubrir una piel aceitosa, de aventura, satisfecha. Con la estampa mi ciudad pasada e idealmente recompuesta, lío de parques y camiones y zaguanes y vidas entrevistas, soles a montones, aquí señor, allá un perrito que se ovillaba, rematando en las fragancias, los colores y las maneras antiguas de los mercados, ajenos a las euforias, cuya esencia trasegada por lugares, cosas y atmósferas desconocidos traía Ella.
Algo así era en mi cabeza al despertar de la siesta matutina con esa mujer a quien no nombraba llegando un amanecer entre el perfume de su sudor y del alcohol, en el cual yo creía encontrar contagios de lugares mágicos que sentí perder y que así, en apariencia sin proponérselo, ella me regresaba ilustrándole lados nuevos para que yo sintiera otra vez su invitación. Era mi ciudad pues no había una posible ciudad única sino un eterno temblor construido por millones de ojos y memorias.
A medio vestir, mal metido entre sábanas y mantas, encontré el rastro del hijo en la pijama y su quieta forma de ocupar el espacio bajo la estridencia, la pesadez y los erráticos modos míos y de Ella, cuando estaba y ahora.
La presencia de la mujer era abrumadora en cuanto el paseo distraído de los ojos recogía. En las representaciones del colgajo de collares, por ejemplo, o en las mariposas y las primaveras, como alguien me dijo se llamaban aquellos pájaros de pecho generoso, que coqueteaban en el marco de latón del espejo contra el nicho del armario de madera cruda, sencillo y luminoso. O en la imaginación de la que hacía de mesa de noche, que resultaba una incógnita en el celo por la austeridad aparente -la lámpara y dos o tres objetos más sobre el metro cuadrado de la hoja de madera-, desmentida por los mundos de la trama del rebozo improvisado de carpeta con sus fantasías de una geometría a primera vista de extrema sencillez, en la cual podían sospecharse siglos de secretos y fracturas heredados.
Ella a plazos apremiante y pospuesta, entregada y esquiva, y en verdad siempre inaprehensible, como entendí de nuevo al topar los dibujos de la cortina y el tiempo de principio a fin suyo que estaba en ellos, recreado hilada a hilada, donde parecía adivinarse todavía el tarareo en silencio que acompañó un paso tras otro de la aguja, incapaz de decidirse por pudor o miedo a reproducir la estampa clásica del ama de casa. Ella por todas partes, también en sus ausencias. De los sartales de la cajita destapada como por casualidad, que descubría el desbarajuste de anillos y aretes y pulseras, a las puertas entreabiertas del clóset por donde asomaban los bolillos de un vestido, un par de zapatos de tiras, el encaje de una manga, encontraba las mañanas en las que la radio, a un volumen que casi sólo ella escuchaba, daba la impresión de hablarle de cantinas y hoteles de paso y suertes de equilibrista, mientras el trabajo sirviéndole de pretexto se vestía una blusa volada, la invitación de las faldas de algodón que le ceñían los muslos al paso y el desafío de las grandes arracadas, preparándose para desaparecer hasta no había modo de calcular cuándo.
Qué sería de aquello en sí y en mí al marcharnos al día siguiente, me pregunté y volví sobre el pijama de Él, el hijo, como si me asomara a un pozo sin fin que me recordaba cuán soberbio, torpe y tramposo era. ¿Qué sabía yo de cuanto fuera, empezando por la ausencia? ¿Y cómo habría sobrevivido sin aquella queda, generosa forma de estar que soportaba y entendía todo?
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Él, S y E, es el padre de ustedes, y la mañana a la cual acabo de referirme contenía cuanto se necesitaba entender. Vuelvo a ella una y otra vez en el cuaderno.
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Los agujeros sobre los que llamaba la atención de mamá aparecen recurrentemente en distintas formas:
En la azotea el canto de Felicitas, a quien sin eufemismos llamo nuestra sirvienta, descubre un valle distinto al que mis ocho años de edad revelan y construyen.
Las manos de la joven campesina se empeñan ágiles y sin pesares contra la piedra del lavadero y el correr del agua y llenan el aire de amabilidades, sugerencias, aromas que toman de cuanto su vuelo toca. Sólo quien asiste a la escena percibe cómo con ello la realidad alrededor se trastorna, despertando las sombras del vasto llano al pie de las montañas, para un paseo hacia rincones a los cuales mi imaginación no puede asomar y entonces son pura borrachera.
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No por nada otro cuaderno se titula Red de agujeros. El inicio es la búsqueda de un vado en el campo con mi compadre, a quien conocí en el Santo Lugar.


Providencia
Agustín espera sobre un lomo de la calle que libra los viscosos riachuelos de colores en mutación, contra un muro carcelario. Amparado en el borde de la esquina cree ocultarse a las miradas de la planta donde trabaja, una cuadra más allá, media hora después del cambio de turno, según propuso para evitar a sus compañeros.
Es la segunda vez que lo veo y confirmo la impresión original: la de un ser conmovedor en el esfuerzo por pasar inadvertido entre hombres que aprendieron muy pronto a ponerle cara a la ciudad y usan la rudeza y el humor filoso para defenderse de ella y apropiársela. Luego sabré que no se lo impiden el número de años desde salir del pueblo ni una posible falta de agilidad mental, sino el lugar que asumió en la familia. No hay contrasentido en su ansia de trascender, que lo acerca al Grupo.
El tono exaltado en el que vivimos se transmite de inmediato a las relaciones y en días nos volveremos íntimos. Lo sabemos en cuanto me descubre y viene al encuentro entre la desolación de la calzada de gigantesco tamaño, con las vías del tren de por medio, que a un lado se abre a un fraccionamiento industrial y al otro a una colonia y al gran descampado con las montañas detrás.
El suelo de la zona se hizo doblemente magro al perder los sembradíos y los árboles, y nos convierte en un par de hombres en tierra fronteriza, como cualquiera al vértice de la gran urbe, pero a lo bruto, a la manera de todo lo que toca la industria.
Romanticismo puro, pues, de miasmas penetrantes y un silencio mortuorio tanto mejor revelado cuanto más lejos se está de las máquinas, hechas rumor por las gruesas, altas paredes que parecen heredar las de las viejas haciendas.
Cruzamos la calzada rumbo a su casa como en un juego, él siempre procurando la izquierda para mirar con el ojo que le sigue sano a los veinticuatro años, y yo en busca del que en el iris se llevó un bicho salido de la carne muerta de la empacadora donde trabaja desde casi niño. Porque en ése es donde está mi futuro compadre. Allí su melancolía sin remedio, bella, contagiosa, que rima con el paisaje y nuestros días.
En el fraccionamiento de las fábricas, las larguísimas calles sin reposo al sol y la lluvia, desiertas a las horas en las cuales suelo llegar, por tan hostiles al principio parecen cada vez más cálidas, pletóricas de vida que se trasmite de las plantas: tinglado mecánico con mucho de infernal y mucho de entrañable para quienes hacen de él su vida. Los aromas aplastantes, en ocasiones nauseabundos, vividos por unas horas y no como permanente suplicio, y las chimeneas despidiendo gruesas volutas en mil tonos de grises, no hacen sino completar la sensación de ser parte de una novela o una película. De serlo entre el orgullo de pasar como uno más ante el guardia de seguridad, el policía, el administrador que cruza en su auto, y el creciente número de saludos y charlas al paso, la picaresca a la salida de la fábrica liberada, en palabras y toqueteos de machos divirtiéndose; de partidos de futbol y tandas de dominó y baraja para hacer de las huelgas fiestas; de breves discursos un autobús tras otro, venciendo el anonimato del espacio público, que no debe pertenecer a nadie y así se humaniza; de momentos épicos que para mí encarnan un poema: Masa.
De serlo prometiendo que cada día habrá más y mejor de eso, de los hogares y los billares y los peliagudos expendios de alcohol compartidos. Con Agustín, quien se ensancha a la par de mí, comenzando por esta tarde, cuando está a punto de hacerme parte de su familia y no sé cómo agradecérselo.
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El departamento donde Él y la Ella ausente, E y S, estaba traspasado por la pérdida del mundo en que el compadre me introducía bien a bien.

De cunas
Un nombre, sólo eso tengo: Teresa. No sé incluso si te veo, a tus ocho años justos en la aldea a tiro de piedra del mar tempestuoso, donde crecerá tu nieto y abuelo mío. Hay por allí macizos de álamos, abedules, castaños, "cónicos húmeros”, campos de trigo y maizales, pero no donde tú, niña, que andas a cielo abierto, los pies eternamente mojados por la esa sí “tupida hierba fresca, jugosa, oscura, aterciopelada”*.
¿Juegas camino a la leche que los vecinos te dan para llevar a la ciudad, según figuro? Casi puedo tocarte y ni eso preciso. Tampoco tu cuerpo que huele y sabe a lo que no descubriré jamás, tan una pregunta como tu andar, el modo en que te abres a la sonrisa o tu rostro, de piedra, se resiste a ella, o en el que tus brazos se extienden y recogen o te llevas la mano al cabello húmedo por la lluvia menuda y sin descanso.
Eso, de agua y tierra te compones doscientos años antes que yo, sustancia por entero distinta a cuantas topo en mi realidad a un océano de distancia, no menos ancho y ajeno para un mortal que "el giratorio curso de los cielos".
Te miro y no consigo dibujarte ni a lo incierto, presencia indiscutible que no hay modo de atrapar, cuando no te caben en la cabeza, y por lo tanto no existen, no lo harán nunca, quizás, Cándida, tu hija, ni el hombre a quien persigo posiblemente con la misma falta de fortuna, y menos, claro, el yo que en la silla se borra tal si le pasarán una goma encima.
*Armando Palacio Valdes. La aldea perdida.

Andar
El carrín, según se dice en estos lugares a diez mil kilómetros de nuestra ciudad, es de Encarna, la entrañable peluquera. Lo maneja su adorado Marcelo, minero que se hizo mil usos de la albañilería, y en los asientos traseros voy con el Roxu, pequeño y rubicundo, cuyo brazo izquierdo vacila en el recuerdo o la imaginación desde la voladura de una pared rocosa en los pozos de hulla que a los catorce años el abuelo hizo su hogar.
Subiendo las montañas una penosa curva tras otra el motor tose justo como un minero silicoso, y la densa niebla alrededor contra los grises macizos de los Picos de Europa es melancólica dulzura transmitida por los ojos y comentarios del Roxu.
-Qué hermoso ye estu –dice en la tierna habla regional, donde por contraste todo es a tajos, a palabras gruesas, en un volumen brutal para oídos de extraños, Ohsis.
Vamos tras el rastro de Belarmo, un poco contra mi voluntad pues tengo la cabeza llena de historias sobre los del llano y del monte, sucedidas tras la marcha de él.
Kilómetros atrás pasamos el pueblo de José Mata y Pepe Llagos. Al primero lo busqué antes de venir aquí. Vive en otro país, jubilado por la mina donde trabajo desde 1948, fecha de su rocambolesca fuga con un centenar de socialistas de ambos sexos, que el abuelo contribuyó a organizar. Allí me contó la historia de los fugaos; de quienes por miles se echaron a las montañas para escapar a las siniestras columnas que tomaban ese último bastión de la defensa de un sueño.
Todo dijo a la grabadora por la confianza en mi familia, y mucho pidió callar pues las heridas no cerrarían jamás.
Luego encontré a Llagos en la aldea de la cual no salió. Tenía dieciséis años cuando la derrota y la escuetísima experiencia política no le impidió encargarse de lo que nadie más podía: los restos de su organización política en la cuenca del río cuyo curso seguimos ahora. Pasarán tres décadas para que conozca a un hombre más roto que él, el de La piedra, de quien hablaré después.
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Él, el padre de ustedes, nietos, que nació año y medio atrás, quedó en la ciudad frente al mar adonde llegamos hace poco. Quedó con Ella, quien ya está y no, pues de exilio cuanto hay en el cuaderno, el suyo inició sin saberlo.


La Parada
Así, La Parada, se llama la cafetería a la que suelo ir. El nombre no fue una ocurrencia del dueño, ni para mí ni para el resto de los parroquianos.
Con el café acostumbrado desde venir la primera vez por mi cuenta miro las sabias cortinas cubriendo a medias el ventanal para sustraernos al fisgoneo de la calle, que abajo exhibe sus intimidades con los pares de piernas hablando como loros, y que arriba se fuga al barrio y la decoración del cielo.
Dos mesas allá una docena de vocingleros músicos hacen una larga, renovada cada poco. Los cabarets, los salones, las estaciones de radio tras los cuales llegaron no están más, como la afición por los ritmos en los que se hicieron expertos. Ellos siguen.
Leo de nuevo la hoja suelta que encontré semiescondida en un libro. El papel, la letra y la tinta dicen muy poco y no atino cuándo la escribí. Son frases sueltas, trazos del lugar y de una hora confusa. El piano que allí se escucha desde el otro lado de la calle, podría ser el de mis trece años o el de hoy, igual que la prepotencia de los autos que inútilmente se empeñan contra el vecindario lanzando bromas y puyas de acera a acera.
La mano mulata de largos, inteligentes dedos repite la que gesticula ahora mismo, ni más ni menos que el balcón enrejado y las puertas de par en par a la estancia de donde viene el piano, relatada por el ventilador del techo, o la mesera con media vida en el lugar y una historia de fracturas que frente a mí coloca el café y una sonrisa.
En la hoja ni palabra sobre mi persona. ¿Cuándo fue?, insisto dando gracias a esa pequeña joya que me permite estar donde quiera. Estar, por ejemplo, cuando Ella se hizo una habitual del barrio para recibir la herencia de mujer atrevida. O la mañana con Simón y los suyos a punto de asaltar el despacho del siniestro líder sindical. O las tardes de viernes aireando mi buena fortuna entre la estación del autobús que me traía de la ciudad pequeña y el par de días por delante de aventuras sin itinerario previsto.
Convoco al escritor que acostumbra seguir a sus personajes en la obsesiva repetición de rutas siempre iguales y distintas. Yo era un niño de meses, seguro, la primera vez que me trajeron a La Parada, luego de una de las visitas a los abuelos, para luego volver también maniáticamente. No importaba si el barrio caía en desgracia y se semivaciaba, arruinándose, como todo en el delirio de la ciudad que se buscaba cada vez más lejos.
Volvía, vuelvo, aunque de trecho en trecho con ahínco o apremio mi vida se aleje aprisa de los orígenes y olvide el regreso no a papá y mamá sino a los músicos, la calle por el ventanal, el mercado, la animación de los zaguanes, los misterios de los patios abriéndose detrás, el callejón de milagros que fue mío mucho antes que de Ella y sin embargo...
Vuelvo con Él, con el Nuevo, Simón, Juan, otras mujeres, ustedes y mi soledad, profunda, insobornable, gota entre gotas, ni más ni menos que la mesera empeñada en resistir, reivindicando su reinvención a fuerza de carmines, rubores, sombras de ojos. Si supiera cuánto la respeto, cuánto admiré a las anteriores, una a una.
El piano abandona el compás de tres por cuatro y la síncopa de la tarea, dejándose circular por el teclado bajo el ventilador, por el balcón, sorteando el concierto de motores, frenos, claxones, y se vuelve parte de lo no dicho en el papelito que con amor regreso a la bolsa.
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El Nuevo es su tío, E y S, y las viñetas de Tiempo de caminar impiden que precise ciertas cosas sobre él, a quien en mi vejez escribo:
Te llamo Nuevo y tus fotos están en las paredes de mi casa con las de los demás por quienes la vida tiene sentido. Si tardo en hablar de ti es porque representas el punto más delicado de mi mayor tormento.
Te miro, te doy el tierno beso de siempre y entre la distracción deliberada de Él y mía te alejas gateando por la playa y entras al corral, donde los animales te reciben como a otro de los suyos, prodigio. Volteó luego al teléfono eternamente descolgado para no sentir tus largas ausencias y el miedo me alcanza.
Eres tú quien lo invoca sin saberlo, precipitando el que no te corresponde. El lirio seco en el frasco que sirve de maceta, la pila de libros y papeles, la tersura de la noche, mis manos en el teclado, ¿los invento?
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¿Es que en verdad pierdo todo? De nuevo una viñeta llama:
Pura impresión soy y no hay minuto del cual salga sin cabos de cuerdas que no sé dónde atar. En pedazos vuela el mundo apenas lo toco y llueve luego dejando alrededor un campo de batalla en abandono. Entre el lodo un trozo de nube reta al entendimiento. Le dedico la más amable de las sonrisas y echo andar incapaz de un grito o una pregunta.
Recuerdo entonces la estampa que recoge un escritor aterido no de frío sino por las calles de la ciudad entonces del abuelo, mamá, papá, la abuela: una mujer recoge el cuerpo de la hija y mientras se esfuerza por unirle el brazo, entre los escombros busca con desesperación la cabeza, para negar los últimos diez minutos.
Quitado el dolor que fulmina, soy ella repitiéndose cada día. 

Demasiado humano
En dos cuadernos aparece una segunda personalidad mía, el Mero, que viene de Merolico, como se conocía a quienes montaban un pequeño espectáculo público para vender remedios de dudoso efecto. El nombre deriva casi naturalmente en Ohmero y así mata dos pájaros de un tiro para los propósitos que persigo.
Las primeras funciones las di apenas niño, en el Santo Lugar llevé a grados profesiones el oficio y asumí según se debe el personaje de manera de llevar a la Corte de Medianoche por el paseo a lo largo de siglos, tras las razones de que todos los sólidos se desvanezcan en el aire. 
Soy muchas cosas y entre ellas una continuidad de exilios. A ellos debe ceñirse este cuaderno, el íntimo, y cuesta trabajo pues las viñetas acumuladas en casi setenta años repiten el tema sin variaciones, extraviándose entre las de mis otras personalidades.
El último paraíso lo viví con Él y el Nuevo entre dos ciudades provincianas. En los autobuses de ida y vuelta a nuestro gigantón, por la ventanilla contemplaba los misterios en espera, según supe sin duda tras los años con Filiberto, Agustín, María y las y los otros.
¿Qué hacía corriendo rumbo a aventuras cuyo placer no compensaba la manía por las marquesinas, los aparadores, los reflejos en charcos de agua a media calle –menuda imagen, que queda como ilustración de una torpeza sin nexo alguno con el Idiota, a quien achaco toda falta y así maltrato peor que el sabio medieval, sus contemporáneos y cuantos vinieron después, estúpidos a secas?
El personal Níger es varias cosas y no guarda secretos mayores. Al convertirlo en el Magdalena que nace en las montañas al sur del valle y corre luego por una tubería, el abuelo y yo pretendíamos seguir los pasos del Güero:
Era un perro amarillento, flaco, desgarbado, con quien intimé en las afueras del Santo Lugar, como llamo al valle donde encontré a Agustín. 
La primera vez lo vi avanzando desde los matorrales con trote cansino y me pregunté de dónde vendría. Conforme se acercaba su vida me pareció un misterio extraordinario, pleno de aventura. E hice lo que viejas enseñanzas me llevaron a jurar no repetiría jamás con los de su especie: mirarlo a los ojos. El instinto atinó y tras un segundo para reconocerme, agachó la cabeza. Estaba vencido, irremediablemente, quién sabe desde cuándo, y al seguir su dirección en busca del puesto de tacos en el cual me había detenido, se volvió más miserable e indefenso.
Moría de hambre y si mendigar le costaba la patada del hombre que fijaba la mirada en él, aguantaría. No hubo maltrató, el puestero le aventó un mendrugo, lo devoró, esperó un par de minutos a ver si caía un segundo y echó a caminar de nuevo, como si supiera que era inútil continuar dando pena. La tarde siguiente, al verlo venir por el mismo camino, entendí que arrimarse al puesto formaba parte de su rutina diaria.
Reparé entonces en no importa cuánto me aplicará en conocer la ciudad, nunca podría compararme con él, experto en los rincones del valle y en los extremos de crueldad y amor de sus pobladores. 
Me hacía imaginar sus días, dándome de vez en vez una señal, normalmente dolorosa: el rengueo de una pata, que vaya uno a saber quién tundió o mordió; un cacho de pelo que había desaparecido por una tarascada o una enfermedad.
-¿Por dónde andas y en qué líos te metes? –le pregunté una tarde en silencio, viéndolo a los ojos, que al fin levantó. Me contestó inclinando un poco la cabeza.
-Qué sé yo de la vida –me dije. Pronto comprendería cuán poco.
La revelación que experimenté el primer día contemplando los llanos era, justo, sobre la ciudad y sus valles. Estaba en el confín norte de ella, que en mi mapa mental, para entonces hecho por las rutas de transporte, no tenía relación con el oriente donde enechaban a la nueva, millonaria pobrada. La mancha grisácea al fondo no mentía: las separaban sólo las lodosas tierras a las cuales la ambición sin duda pronto se atrevería. 
Estaba condenado a la derrota, supe: el gigantón terminaría desbordando mi presunción de conocer hasta su último rincón. ¿Qué haría entonces? 
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Belarmo y yo conseguimos seguir la guía del amigo y así se cumplió el objetivo en el Magdalena, parcialmente. Pocos rincones de esta asamblea de ciudades, como alguien la llamó, se nos ocultan ahora, durante horas o días, conforme sople el viento interno y su frívola obsesión no por la carne, que justamente reclama sin importar la edad y sirve al propósito. Es la incapacidad de ser sombra, a la manera del propio abuelo en sus mejores tiempos, o de Filiberto, Agustín, etcétera, o yo mismo cuando sentía mis pies bien pegados a la tierra.
Por una imperdonable falta incluyo a Filiberto en una suerte de pasado sin solución. Hace un par de años fui a buscarlo. No lo hallé donde por lo demás sabía no se encontraba, pues hace mucho corrieron especies sobre su alejamiento debido a una hipotética extraña conducta. Vivía en un psiquiátrico, en las calles u oculto en casa de los hermanos, aseguraban al capricho.
No pude entenderlo, pues era muy parecido a Juan, mi más cercano amigo todavía. Permítanme poner el inicio de otra viñeta:
Juan y Filiberto son los hombres a quienes me siento más próximo, aunque al último lleve treinta y tantos años sin verlo. No hay nada de extraño, creo, en que ambos tengan una íntima relación con el catolicismo y yo venga de una familia de comecuras que jamás mencionó en voz alta al Señor.
Del tiempo del cual hablo, a los tres nos azotaban las mismas tormentas y si ellos no buscaban un alero donde protegerse, por las goteras del mío caían auténticos ríos. Se entendía, por ejemplo, que Filiberto y yo hiciéramos de gemelos, él cerca de las oficinas de un sindicato en el barrio fiero de una ciudad del interior, y yo en un departamento de clase media de la gran capital. Uno extraviándose entre sí en medio de la nada. El otro exiliado contemplando la tierra natal por la ventana.
Nada dobla a Juan. ¿Tampoco a Filiberto y estamos entonces frente a una nueva trampa del lugar común? ¿O éste consiguió vencerlo cuando los buenos tiempos se vinieron abajo? Buenos tiempos por sí y sobre todo por su promesa.
Hay palabras gastadas, algunas debido al fervor o la doblez con que las soltamos. Revolución, en este caso.
Hace poco un hombre quería comerme vivo por la estrecha amistad que hice con la joven a quien descaradamente dejaba para hacerse de otra.
-Soy el prototipo del revolucionario que el pueblo produce –grita hasta el cansancio y trae el recuerdo del poeta guerrillero ajusticiado por sus compañeros, que lo tildaron de traidor ocultando simples celos de macho.
De revolución iba en verdad la historia de Filiberto, a veces estridente, las más silenciosa. 
-El día tiene veinticuatro horas. Con transformar quince minutos cada jornada, la utopía dejará de serlo. Cuestión de matemáticas –decía con el esbozo de su incomparable, enigmática sonrisa.
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La revolución, la vida cotidiana...

Siluetas
Tengo quince años, Ohsis, y entro al último de los cursos preuniversitarios. En el anterior desapareció el yo que pasaba el tiempo tentando las aristas de nuestro mundo escolar, en el frontón, en el recoveco al fondo del campo de futbol, los baños o cualquier espacio poco frecuentado donde me aceptaban los rudos que probaban el carácter.
En su lugar se hace presente un personaje en busca de reflectores. El éxito es rotundo y allana tanto la vida que prometo ajustarme al modelo para siempre.
Aun así me toma por sorpresa el montaje de miradas y risitas nerviosas dirigido a mí desde el rincón donde durante las semanas de inicio los de primero, recién llegados al edificio, se confinan en respeto a las jerarquías. Muchos metros de gentío me separan del juego ese que hecho con todas las de la ley no tiene dudas de alcanzar su objetivo. Más temprano que tarde voltearé, hasta terminar encontrando en medio del coro a una muchachita muy hermosa.
La celestina tiene clase y gran parte de culpa en la elección hecha por su ama. Sólo merced a su tolerancia hacia las torpezas con que respondo al juego, paso la prueba para encontrarme no frente a frente a la belleza esa, sino a la manera que se debe: semiescondida entre el aleteo de las súbditas.
En verdad puedo morir en el momento: se me abren las puertas a una princesa de estilo clásico. Llega a la edad de enamorarse a la manera de la gente de bien, pensando que ahí está el único hombre permitido mientras viva, con el cual compartir un idílico romance y luego un bien provisto hogar. O a entretenerse con ello, siquiera, según bien sabe su padre, quien no se sorprende al verme por primera vez y atinar: el muchachito descansa en nada pero es inocuo y el tiempo hará su obra, con una pequeña ayuda, si se precisa.
Yo ni sé ni me entretengo. La vida ha sido muchas cosas y entre otras, dolor, que no merece tratarse al paso. No decido si asomarme a través de él o alejármele a toda prisa. Las vacaciones entre cursos antes de sacar partido de las luminarias, ha sido una mañana tras otra de espanto ante el espejo. Algo terriblemente oscuro aparecía en el rostro aquel, deformándolo. Por eso me agarro ahora a las miradas de los demás como a una droga, y la oferta de la princesita es la promesa de que todo andará bien de ahí hasta el fin.
Andará bien entre el desastre general. La frase suena gorda pero me parece justa y el título de la historia viene de ahí. Cuando mucho después descubra a un célebre director de cine, entenderé su obsesión por la música popular de estos tiempos, nacida en su país por primera vez para los jóvenes. En la pobrísima modalidad nuestra hay un matiz nada despreciable. Fuera de la docena de tonadas hechas en casa, al traducirlas las melosas letras resultan perfectas tonterías. Aunque el premio mayor se disputa seriamente, creo que Siluetas lleva la delantera. La voz de uno de los invariables remedos de cantantes dice debatirse entre y la vida y la muerte, al descubrir tras una ventana las sombras de una amartelada pareja.
El tipo repite la historia para terminar descubriendo, ni más ni menos, que equivocó la dirección del amor de sus amores. No importa sin embargo el despropósito, pues la quejumbrosa melodía y las apasionadas palabras sueltas dan de sobra para que los escuchas pongamos el sobrante, salido de nuestras entrañas que buscan con desesperación caricias y delirios imposibles de cumplir. Al menos entre las crecientemente gruesas clases medias, sólo las más suicidas jovencitas se atreven a prestar otra cosa que manos, bocas entrecerradas e insinuaciones de pechos o muslos.
Suicidas, he dicho, y de nuevo parece un exceso y no lo es. A mis ojos nadie lo ejemplifica mejor que la hija de la peluquera del barrio, porque la veo al paso, de cuando en cuando. Una mañana encuentro a quien fue una niñita disfrutar mi sonrojo exhibiendo, antes que un par de espléndidos pechos, una sonrisa de reto e invitación.
Meses después el vecindario masculino pulula por la esquina a la cual se abre el salón de belleza, desde donde la madre de ella se asoma con un matamoscas. Al poco creo que la mujer se salió con la suya, sólo para descubrirla a punto del infarto por el fracaso en deshacerse del Rey, cuya presencia basta para alejar a la competencia. La señora da inútiles voces, la pareja se cansa de escucharla y se aleja abrazada por la cintura.
Pasará un año para ver a la joven con un bulto en el vientre, todavía envalentonada, y otro para que sus alardeos se vuelvan triste mansedumbre, sentada en el escalón del negocio con la criatura y vagos vestigios de sus encantos de cometa. Mientras, nuestras baladitas languidecen, suspiros, chorritos de miel de maple, y a miles las nudilleras, las botas, las cadenas, los bates y una que otra pistola se disputan lo mismo una fiesta que una mirada.

O
ficios
Cuando preguntan por mi oficio siento la tentación de responder con una lista. De atreverme la defendería de las risas probando que el cultivo convierte en eso a llanos actos o estados: andar por ahí a la manera de los más, cojeando; mirar hacia fuera y hacia adentro, por obligación antes que por voluntad, sin mayor aprendizaje pues lo hago perdiéndome en lo mirado. Y así.
Al final y sólo al final iría lo que se relaciona con la bolsa del mercado.

Sin salida
El pestillo, la carretera insoportablemente recta, la manija, jala de ella. Así me digo lunes con lunes en la mañana temprana.
Ahora es noche y descubro el silencio sin elocuencia, regodeo de los demonios que conozco desde niño, cuando cierran la puerta para el privilegio del amo, proclaman, y los trescientos metros cuadrado son cárcel a través de las cuales paseo certificando que existe la nada escarbada por el filósofo a quien rindo culto. En medio de ella, pienso, y me revuelvo contra la idea.
El vacío viene de fuera y encuentra el mío, sigo y vuelvo a dudar, atormentado, a los veinte años justos, como el hombre en la novela que clama por ellos marchándose lejos de casa, a otro mundo, donde las referencias no se vuelven añicos y vuelan por la ventana del tren a impulso de mis manos, según hizo un segundo joven, él en un cuento. ¿O sí? No vivo de palabras y si los cito a ambos, ¿distintos e iguales?, es buscando con desesperación a otros, mis pares, que andan aquí y allá en lo siempre ancho y ajeno. ¡Basta!, digo ante la tan distinta ventana: el patio de una antigua hacienda, hace mucho fábrica, y sus sombras, que suben y bajan a cuentagotas ahora, noche, entre el par de construcciones cuyos obvios secretos, oscos, se niegan a revelárseme.
¡No!, grito en silencio, no soy el par de muchachos en los libros entrañables. Yo vine al encuentro de quienes me llaman desde niño… para topar y no lo mismo que ellos, pues uno halló, se halló por fin.
En cualquier caso esa nada resulta absurda, se bien. Fuera, en el patio y todo más allá lo que hay es exuberancia, y escapa a mis ojos y mis dedos, a mi humanidad entera, urgido de ella. ¿Está en verdad? Por la mañana usé la autoridad de la cual aseguran me invisten, para ordenar abrieran el monumental portón. Ahora tendría de una buena vez a los bien amados que entre los tróciles, las batientes, los telares me odian por respeto a sí mismos. Los tendría con el fascinante universo alrededor del campo en sus esencia. Y hubo sólo sequedad multiplicada y una llano que estruja, viento soplándome con asco y verdes matas en hileras hasta donde la mirada topa las espaldas de mis montañas madres, que eso hicieron, volteárseme como si no me conocieran. Pues si el hombre de la novela viajó miles de kilómetros, el hogar mío está apenas a una hora de distancia.
Fiel a la costumbre, en un pequeño escritorio doy cuenta del momento y sin saberlo el par de hojas que resultan comienzan un viaje a esta vejez temprana donde les busco acomodo para ustedes, Ohsis. Formarán parte de una breve serie sobre mi estancia en la fábrica-pueblo.
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Subir al tren, dije antes y repito ahora, en la noche de trescientos metros entre la más absoluta soledad. 
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Mis historias cifradas.
En la viñeta tengo veinte años, no hago todavía el viaje a la gran ciudad cosmopolita y en pícara versión Mero soy el del Memorable momento. Luego me convierto en trabajador bancario, H se sorprende de verme así y por él vengo a dar a la fábrica-pueblo, como futuro gerente. 
Debo aprender el arte del mando y su máxima: la soledad. Por eso tengo para mí solo el antiguo casco de una hacienda, lo que queda de él, y se me prohibe la relación con los obreros y nada más que una distante con los empleados. 
Éstos permanecen también en encierro de lunes a sábado incluido y reciben los alimentos en la cocina, a unos metros del comedor donde tres veces al día presido una larga mesa vacía.  

Tiempo de caminar
En la mañana del departamento, junto a la figura recreada de Ella andan las muchas pequeñas criaturas mías acumuladas en el cuarto, el común atribularse de los olores rancios de la cama revuelta contra la paz en la cual el día se detiene cargando sus primeras como fáciles horas de registrar fachadas, ramajes, tableros de asfalto, y las trabajosas a punta de mujeres batallando, puertas que se abren y cierran, prisas, tumultos, niños en marañas y hombres conmovedores al aparentar que no conocen el miedo.
Es una paz tendida en la pequeña franja de sol entrando por debajo de la cortina, a través de la cual el patio interior del edificio se planta: el rezumar remolón de la sombra, el jugar a solas con el sobrante de los días en las ventanas traseras: el eco de las peleas y las voces llamando, el sacudir de manteles y mantas, los rostros que asoman de cuando en cuando. A la placidez la atraviesa la angustia por el tiempo. Como en los pasos de una mujer camino a la azotea ahora: el centenar de escalones difíciles, esforzados, ayudándose del pasamanos para poder con la tina y los años rumbo a la azotea, un momento en vilo, sin antes ni después, creación pura del patio universo que enseguida, contra la constatación del cielo inmenso, impávido, hace conciencia de su propia pequeñez y su marchitarse –el yeso descarapelado, los agujerones, las trozaduras- e intenta aliviar las fatigas de la mujer animando los trinos, los guiños de la luz en la pared.
Más acá el apenas perceptible canturreo de la vecina que señala el misterio bien guardado de la recámara, creciendo a lo repentino desde la penumbra que como siempre debe estar allá al fondo, donde casi no alcanza la mirada, por las disputas del comedor -la mera convención de los manteles de flores, el genuino orgullo del frutero, el vacilar de la vitrina entre las pretensiones del juego de cristal cortado y el vivo recuerdo de olores de los tarros descapuchados-, a la cocina, a un par de metros de mi cuarto, para celebrar la hora de mujer contagiando el chirriar de la hoja del anaquel, el caer del agua en el pocillo.
Como antes me pregunto qué será de todo eso en sí, en mí y en Él, agrego ahora, cuando al día siguiente nos marchemos para hacer de nuevo posible la vida.

Una cuadra más acá no sería el mismo
Mi casa estaba al pie de la avenida rematada en la esquina donde no era ya campo, sino pelea entre los llanos vírgenes, las huertas, los maizales y la nueva vocación de orillas de la ciudad, presente en el tiradero de materiales de construcción, la ladrillera, su miserable, hosco vecindario y la promesa de futuro vacilando en lo alto.
Con el trajín de los camiones de pasajeros, los siglos a montones del centro urbano resultaban un eco tanto más lejano cuanto más desaparecían los lotes baldíos. Para quienes vivían fraccionamiento adentro, eso era verdad sin tacha y así sin ojos. Para los de la avenida, no. Tras un premeditado vacío descubríamos un barrio antiguo que se montaba sobre los restos de un pueblo cuyos orígenes no podían precisarse en el tiempo. Invitación irresistible, nuestros paseos por allí descubrían con azoro una calzada de proporciones dos veces mayores que las orondas de la modernidad.
En claustro, los amigos de las calles traseras sucumbían al resentimiento de sus padres por mil ofensas reales o ficticias, que los condenaban a perpetuar lo más oscuro del país. Los de la avenida enloqueceríamos o saldríamos corriendo, o ambas cosas.
Sí, me niego a nombrar, a la convocación de los lugares comunes y las clases de historia.

De prestado
No tengo la osadía de sentirme cercano al único hombre a quien envidió. 
"Supongo que diez o quince de nosotros cantaban: Este tren no lleva tahúr ninguno ni mentirosos o trotamundos orgullosos. Este tren va con destino a la gloria."
Cantaban donde luego él recordaría: "Vi hombres de todos los colores, rebotando en el vagón de carga. Nos pusimos de pie. Nos echamos al suelo. Nos amontonamos uno junto al otro. Nos utilizamos los unos a los otros como almohadas. Olí el sudor agrio y amargo que penetraba mi camisa caqui y mis pantalones, y la ropa de faena, los monos, los trajes aflojados y sucios de los otros tíos. Mi boca estaba llena de una especie de polvo mineral gris...*"
Murió a los cuarenta y cinco, luego de muchísimos años de ser diagnósticado como esquizofrénico y tras largo encierro en un psiquiátrico. O sea, trece antes que mi guía, el abuelo, quien para entonces llevaba más de una década lanzando mordidas al desarraigo.
Cómo a los sesenta y cinco no sentirse viejamente viviendo de prestado.

Siluetas, el tiempo y la memoria
Afirmo que envidio a un solo hombre. Si exagero o no sale sobrando. En todo caso hay dos razones. De la primera hablaré después y la segunda son las memorias de su infancia. Quizás por la presunta disfunción que le hizo pasar los últimos mucho años en un psiquiátrico, recordaba aquélla como si la viviera de nuevo, con una lógica por entero distinta a la de los adultos. El tiempo no existía sino como conciencia del día, ciclo perfecto, transcurso del amanecer a la noche, periplo completo, nacimiento y muerte, que obligar a agotar sus posibilidades desde el pequeño rincón desde el cual se lo experimenta, pues el más allá de la mirada no existe, reducido el universo, una cuna y el incompresible afuera definido por el paseo en unos brazos o centenares de metros, de acuerdo a muchas vidas sin secuencia, ocultando la anterior.
El de mi hermano pequeño, Uno también por lo que ya puede entenderse, es el de los nueves meses experimentados desde una silla de ruedas. Yo no he pisado el psiquiátrico y bien pudieron meterme en uno, porque desde los ocho años y gracias a la divina criatura que mamá obligó a los demás a reconocer, confirmo cuánto perdí al madurar, como equívocamente se dice presumiendo en ello la gran virtud que así descalifica a cuanto no se le aviene.
Me acerco al medio siglo de vida y por accidente paso los días en el departamento donde en pocos años ustedes nacerán, Ohsis. Me resisto a ocuparlo, mis cosas se aprietan en un cuarto y voy y vengo por la espaciosa estancia de grandes ventanales. Nuevamente expatriado termino haciendo caso a la amiga que insiste en que escriba sobre el tiempo de Siluetas. Tengo a la mano las pequeñas estampas hechas entonces y no alcanzan para el propósito. Paso meses reviviendo imágenes, aromas, sensaciones internas, en un viaje que evita a la memoria y su mañosa selección de recuerdos-representación. Otra vez adoro a la princesita, estoy en las incontables peleas por deporte, me entrego a las estúpidas canciones y vuelvo a morir a la manera de aquélla mañana.
La música que escuchamos es interpretada por un niño eterno. 
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Con el tiempo supe que el amor por la mujer, no importa si alcanza igual intensidad cada vez, nunca resulta el mismo.
El de la princesa de los quince años no era el primero. Antes lo había sentido en secreto por una muchachita que cruzaba en mi diario trayecto, y al poco por una compañera de colegio, distintos los dos. Éste, súbito y exaltado, y el primero con un sentido revelador que me condujo a las tardes tirado en la cama, con la ventana abierta a la parte trasera de la casa contemplando los tímidos brazos del eucalipto y el horizonte de nubes invariablemente altas, morosas, platicadoras y cargadas de misterio.
Desde ellas, el viento lamiéndome los pies y el pecho desnudos, avanzaba una sugerencia femenina que casi podía palparse. Se trataba, creo, de la mujer al fin fuera de mí, urgencia y paciencia sin contradicción.
La mañana cuando en el patio de la escuela se descubrió tras el capullo abierto de sus súbditas, la princesita resplandecía de arriba abajo: el suelto, largo cabello amielado, los ojos de avellana, los pródigos labios, los brazos duros, frescos, jugosos; las perfectas pantorrillas, la insinuación de los muslos y su cuenco, el permanente aire de recién salir de la regadera, la sonrisa de niña pícara e ingenua.
Apenas podía esperar para hacerme de aquella piel, de su aroma, del peso de su cuerpo contra el mío, del sabor de la boca, y del alma que insuflaba todo eso. Mía sin rastro de duda, deseaba, y la constatación no era un invento. Para mí, por entera, de entonces hasta la eternidad, que juro existía. Tanto, habría de comprobar durante el siguiente año y medio, que no costaba entender la decisión de Romeo y Julieta: impedido aquél, darse la muerte era el único, obvio paso para asegurar su tenencia.
Antes de ella el mañana había empezado a instalarse por primera vez a mí alrededor. Era a él a quien daba de patadas la primera generación de adolescentes en el país. Yo dejé de hacerlo, no tenía caso: no había más que ella, principio y final, no importa si nos veíamos sólo entre clases, el fugaz momento en que esperaba la recogieran al terminar y una tarde cada dos o tres meses, cuando el padre a su pesar se condolía.

Nos quedaban, sí, las diarias horas al teléfono, atravesadas por silencios mucho más elocuentes que las palabras, en el mundo que no iría a ningún lado pues no tenía dónde: estaba en el modesto, armonioso rincón hecho por mama en la planta baja para acunar su rotura, muchas veces mayor que las dejadas por Roldán cuando su descomunal espada bajaba por el centro de sus enemigos –y escojo con cuidado la imagen tratando de aproximarme a lo que recoge Fantasmas, otra viñeta de estos cuadernos. 
Por la encortinada ventaba al dulce oriente de la tarde, las ramas en sombra de la jacaranda sin flor a su frente se columpiaban en la síncopa permanente reinventada por el viento, circular regreso al origen, a la manera de los pájaros para quienes el día era nuevo cada vez, según me descubrió el hermano pequeño. Por la raja imperfecta entre el par de telas, un rayo de luz también siempre nuevo encontraba objeto volviéndose el escenario de las motas de polvo, bailarinas que se reían de la gravedad, al péndulo del reloj cucú.
Consciente todo de su único servicio: acompañar de mi lado nuestra historia sin historia, pues pasado y futuro no existían aun como espera de la mañana para vernos.
En el regazo de la princesita vivía, con su cara de dulce pegada a mis ojos, columpiándome en su sensación, de día y de noche. No había espejo. La imagen que me devolvía regresaba con tal prontitud a su presencia o su sugerencia, que ni un fino papel cabía en medio, instante obturado.
La princesita daba la impresión de compartir el sueño –digo sin la menor duda de que era así, L; lo digo a ti sino a la reservadas letras, en las cuales hago el viaje a solas-. Al menos eso parecía decir su mirada, la forma en que alojaba el cuerpo en mi costado o giraba la cabeza al intuirme, la voz de campanitas o en desmayo, sus manos, la escueta boca que permitía dejar contra la escueta mía, prudentes ambas por el convencimiento, creía yo, quizás los dos -de nuevo el absurdo titubeo duda, L-, de que tendríamos mil años para esculcarnos.
Te convoco ahora, en el momento y no en el recuerdo, y aunque me convenzo o quiero convencerme de que las palabras salen sobrando entre los dos, no puedo evitar decirte que el término es exacto: te adoro a la cerril manera de quien contempla lo que cree imprescindible para garantizar su estancia. Me completas, sin ti vacilo y te siento desdibujarte si no me tientas de algún modo.
Me detengo frente a nosotros recargados en la barda, nos miro fijo y apostaría mil a uno a que no está la pareja de jóvenes a un metro, quien pasa por detrás rozándonos, el resto del río alborotado al salir de clases, los gritos que nos dirigen, la urgencia del claxon de tu hermana.

Casi Memphis, Tennessee
Para Juan y para mí en aquéllos años, autobuses, unos cuantos trenes y caminos a pie, igual si duraban dos días que veinte minutos, nos condujeron a un paseo por las estrellas, de todo tan desconocido. Él se cuidaba de hablar de ello, para completar la impresión de que estar a su lado era mirar un espejo donde el mundo y uno se descubrían al borde de inesperados e inimaginables precipicios.
La primera vez que fue al extranjero lo acompañé. La emocionada forma con la cual aguardaba el despegue del avión, que tampoco conocía, la tradujo en un comentario:
-¡No tienen vergüenza! Uno esperando años para vivir la experiencia y ponen música de dentista.
Yo vacilaba entre lo aprendido y mi natural estupidez, y sólo gracias a él recordé que el mundo no dejaría nunca de ser ancho y ajeno, y que nada había tan falso como la moderna pretensión de andar largas distancias con familiaridad, cruzando pueblos, paisajes y humanidades profundamente distintos a los propios, sin acostumbrar los sentidos y la razón con la extraordinaria calma requerida, de modo que se marchaba sobre la nada, en una suerte de sueño.
Durante el viaje aquel al extranjero J era tan a la vista un hombre arrancado de casa, que quienes lo topaban se sentían incómodos y con frecuencia lo despreciaban, ni más ni menos que a un poblador del más primitivo, recóndito lugar. Algo semejante pasaba conmigo y con la absoluta mayoría de los viajeros que cruzábamos, sin embargo los otros nos esforzábamos por presentarnos como cosmopolitas, esa especie que cuando lo es en verdad encarna una extravagancia cercana a la de los extraterrestres: condenados, bíblicos, errantes vagabundos.
Expuestos al continuo, amenazador asombro, la conciencia de la soledad no hallaba reposo sino entre nosotros. Tanto daba entonces pasear por los puntos turísticos de una ciudad, que por sus espinosos rincones, y así una y otra vez topábamos con calles que un vacacionista o un agente viajero no habría visto jamás, en situaciones de las cuales salíamos con suerte justo por nuestra patente, humilde extranjería, que a su vez tomaba por sorpresa a los lugareños, por ello a ratos amables, interesados en el país del que veníamos, cuyo exotismo acostumbrábamos recrear para su beneplácito.
Habíamos descubierto este recurso en una pequeña ciudad metalúrgica digna de una película del cine romántico, donde a las preguntas de un muchacho de diez años convertimos a nuestro país en edificios curvados, campos grisáceos y cielos rojos, cuya existencia él se apuro a compartir con los escépticos amigos.
Por eso en aquél primer viaje no fue del todo un despropósito, por ejemplo, que en el tren a la entrada de la más cosmopolita ciudad del mundo nos diéramos ánimo con una pistola de plástico, regalo de un detergente y de tronido apenas concebible, para enfrentar a la punta asaltantes y asesinos que infestarían el lugar. Cada poco discutíamos luego quién debía portar el arma, a la mano lo mismo en un barrio musulmán que en una céntrica cafetería, pues el mesero representaba no menos peligro que los hoscos rostros a la vuelta de la esquina, y era, por supuesto, mucho más intolerante, metido en el traje de engaños por el cual durante una horas al día podía negar el pequeño, ruinoso departamento esperándolo al final de la jornada.
A los pocos días di el paso inicial en mi primera crisis adulta, no pude salir del cuarto del hotel y nos marchamos para que buscara refugio. Al separarnos en un puerto de un tercer país, viendo a J alejarse por el muelle con un libro de poemas, supe que la mejor parte del viaje le estaba por venir, ahora sin la obligación de decir palabra sobre la realidad que se le escapaba y no revelaría sino lo poco que permitieran años de madurar dentro de él.
Para el paseo que quiero contar la cuestión apareció de una distinta manera. La otra ciudad cosmopolita, punto de arranque de la ruta que curiosas fantasías me llevaron a plantearle, lo inquietaba particularmente, y para tranquilizarlo le aseguré que sí éramos capaces de sobrellevar la nuestra, cualquier cosa en la visitada resultaría pan comido.
No cuento por ahora pues después de cuarenta años ese par de meses no terminan de asentarse en mi cabeza. Adelantaré que Juan cumplió el viaje a cabalidad, solo, apenas hace unos días, y pudo resumírmelo en unas breves líneas de correo:
Bajé en la desierta estación de tren. Pregunté al encargado cómo salir de allí, dijo que no me preocupara y diez minutos después apareció la limusine que hacía de taxi. Sí, carnal, nos habría costado un enorme esfuerzo entender Memphis, así entonces llegáramos en autobús o por el descomunal río que me descubriste  fue sagrado. 
CONTINÚA


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